Esa noche no pude conciliar el sueño, a mis diez años era demasiado para mi, no sabía si esto se debía por ser mi primer viaje en tren o porque era la primera vez que debería jugar de arquero por el equipo de fútbol de mi colegio.
Ya en la mañana, rápidamente tomé desayuno, corriendo fui a tomar la micro, cuyo recorrido habitual se me hizo interminable.
Y ahí estaba yo, esperando el tren, con mi bolso de viaje con unos “chuteadores” viejos y el cocaví que mi madre había preparado, la estación de trenes de Osorno se me hacía impresionantemente grande, las manos sudadas, la boca seca y el cosquilleo en el estomago eran claros indicios que mis nervios no aguantaban tanta espera, como poder apurarlo, pareciera que mirando en la dirección que venia apuraría su marcha.








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